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La lógica tras la logística

Suena el timbre y en un abrir y cerrar de puertas ocurre la magia de la entrega. Hasta aquí todo perfecto, sencilla la tarea del repartidor…¿o no? En realidad, el “reparto” es mucho más complejo de lo que nos podamos imaginar. 

La entrega del repartidor viene a ser la punta de un gran iceberg que involucra la organización de muchos otros actores en el proceso de distribución.  La red logística se extiende más allá del límite de las ciudades, provincias e incluso países. Por eso, el bloque logístico está estratégicamente planificado para dar sentido a la cadena de reparto: desde los fabricantes y proveedores del producto hasta llegar a manos del consumidor final, pasando por los distribuidores, transportistas y repartidores.

¿QUÈ SUPONE REALMENTE UNA ENTREGA?

La más comúnmente conocida como última milla es la parte visible de cara al consumidor, pero es también el factor que humaniza cada entrega y que determina la experiencia de compra de cada cliente. No solemos pensar más allá del furgón o de la moto que utilizan las empresas de reparto y que una vez se sumergen en el tráfico de la ciudad parecen pasar desapercibidas, aunque durante el confinamiento y con todos en casa las flotas de reparto se han adueñado de las calles y es probable que hayamos sentido más su presencia. 

Ahora que hemos identificado estos dos factores fundamentales (y obvios) podemos pararnos a hilar un poco más fino. ¿Qué supone una entrega para nosotros como consumidores? ¿Y para la persona que está del otro lado de la puerta?

Ahora que hemos identificado estos dos factores fundamentales (y obvios) podemos pararnos a hilar un poco más fino. ¿Qué supone una entrega para nosotros como consumidores? ¿Y para la persona que está del otro lado de la puerta? 

Para el usuario de ecommerce la entrega es satisfacción: por fin hemos recibido el producto que estábamos esperando con ganas. Esa “ansiedad” que sentimos cuando estamos pendientes de la localización y el seguimiento del pedido desaparecen en el momento en que suena el telefonillo. Hasta aquí la parte bonita y fácil.

Del otro lado, la entrega bien planificada es éxito, trabajo bien hecho. Todo ha funcionado a la perfección: el producto se ha transportado a tiempo y ha llegado correctamente al hub, y las empresas de reparto han logrado redistribuir los artículos a tiempo y sin desperfectos. Todo esto que acabamos de reducir a un par de frases trae consigo un un gasto de tiempo, personal y combustible muy elevado para cada entrega, pero que se ve compensado con el resultado final. 

¿PERO QUÉ PASA CUANDO UNA ENTREGA NO SE PRODUCE?

En ocasiones, aunque todo parezca que va a salir rodado porque “tiene que salir bien”,  ¿no?, porque está todo medido al detalle y nada puede fallar…basta con que no estemos en casa para echar todo por tierra. Un despiste, un imprevisto de última hora, da igual. No hay entrega. 

El repartidor tiene que deshacer su camino, el paquete no se ha enviado y tampoco se puede quedar en el furgón: lo tiene que llevar de vuelta al almacén. Tiempo perdido. Tiempo que tendrá que volver a invertirse en esa entrega, bien por parte de la empresa de reparto o por parte del cliente: tiempo al fin y al cabo, que podría emplearse en otras entregas o en otras ocupaciones de nuestro día a día. 

Pero no queda ahí la cosa, porque la entrega fallida supone también un gasto económico para las empresas de reparto: los vehículos todavía no consumen aire para moverse, ¡por desgracia! Porque, por si fuera poco, el combustible que chupan los motores no deja una huella muy agradable en el medioambiente. 

Somos conscientes de que no podemos elegir el tráfico que hará que el repartidor se demore, pero también sabemos que no nos gusta vivir esperando. Queremos hacerlo fácil para las dos caras de la moneda, por eso… Buzome.

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